¿Pueden las personas cambiar? No lo sé, realmente no lo sé. ¿Cómo podríamos saber si alguien es capaz de cambiar? O lo que es más importante: ¿Qué debemos considerar como cambio y qué no?
Las personas nacemos sin una personalidad definida, como es lógico. Pero eso sí, tenemos de nacimiento una carga genética que es de importante consideración, pues va a condicionar la forma de ser de dicha persona aún sin haber llegado a desarrollar una personalidad.
Desde la infancia hasta la adolescencia se va desarrollando la personalidad del individuo, que viene dada por una serie de condicionantes. Para empezar hay que nombrar la influencia que va a tener la educación que reciba por parte de sus padres desde que tenga uso de razón; también influirá la situación económica de su familia y por supuesto el grupo de amigos que tenga y el acceso a la cultura. Todo esto va a condicionar la personalidad en el nivel más superficial, pero los rasgos que van a caracterizarlo de forma más específica y definida van a estar intrínsecamente ligado a los genes.
Cuando llegamos a la madurez y comenzamos a entablar relaciones más complejas con otras personas, nuestros rasgos y nuestra forma de ser van a influenciar y condicionar nuestra capacidad de sociabilizarnos. Las personas con las que entablaremos amistad, o las personas con las que tengamos una relación sentimental, se ajustarán a nuestra forma de ser, y no siempre van a ser iguales, ni tendrán gustos o rasgos parecidos. Es más, es muy usual encontrarse con antagonismos entre dos personas que mantengan una relación sentimental o entre amigos. Es el equilibrio que se produce entre ellos, que se puede catalogar como “complementación mutua”, lo que permite que puedan mantenerse y ser fructíferas las relaciones de este tipo.
Podemos cambiar algunas características de nuestro comportamiento, además de pulir nuestra forma de ser. Algo que sucede con mucha frecuencia después de la adolescencia, cuando adquirimos mayor madurez y consciencia.
Pero lo que las personas no pueden pretender es dejar de ser quienes son. O que una mañana se despierten siendo aquello que desearían ser. Porque lo primero que debemos aprender en esta vida es a aceptarnos tal y como somos, para que en el momento que decidamos compartir nuestra vida con otra persona podamos aceptarla tal y como es, sin pretender que se ajuste o se moldee a nuestro gusto.
El problema de algunas personas es que no consiguen aceptarse a sí mismos y cuando se sienten solos o quieren formar una familia, lo único que buscan es que la pareja con la que estén pueda ser fácilmente manipulable. Sé que puede sonar un poco drástico e incluso inmoral, pero es la realidad que se vive en muchas relaciones. Que como es lógico no suelen llegar a un buen desenlace.
Algo que he descubierto con el paso del tiempo y al ir adquiriendo mayor madurez y consciencia de la realidad ha sido que las personas se empeñan en seguir juzgando a los demás en base a una diferenciación tan básica e incluso infantil que, considero, deberíamos deshacernos de ella con la misma facilidad con la que nos deshacemos de la inocencia durante la adolescencia. Esta diferenciación, tan conocida y usada, divide a las personas en dos categorías: Buenas y malas. Pero he aquí mi pregunta:¿ Qué criterios utilizamos para definir a alguien como una buena persona?
Es muy conocido también el dicho de que “cada persona es un mundo”; esta frase no es solo un tópico que suena bonito, es además un argumento de peso para echar por tierra ese encasillamiento “bueno-malo”. Cuando hablamos de una persona o cuando conocemos a una persona, solemos decir, en el caso de que nos caiga bien, primero algún defecto o criticamos alguna acción que nos gusta poco sobre esa persona. Pero inmediatamente, como por instinto, para no manchar la imagen de esa persona añadimos seguidamente una frase al estilo de “Pero en el fondo es buena gente” o “Es un buen chico en verdad”, como queriendo evitar lanzar un mensaje erróneo a nuestro receptor, que puede transformar las cosas que escucha sobre esa persona en una valoración simple e infantil: Es bueno o es malo.
Los filósofos han discutido durante siglos la naturaleza del hombre. Están los que afirman que somos buenos por naturaleza, mientras que otros por el contrario consideran que somos malignos.
A mi parecer no debería tan siquiera existir una discusión sobre dicho punto. Simplemente deberían recalcar los filósofos que los seres humanos, aunque cueste creerlo, no decidimos ni podemos decidir cómo somos.
Con ello no quiero exculpar a aquellos que han cometido todo tipo de atrocidades y crímenes contra nuestra misma especie. Pero sí me temo que debo justificarlos, pues todas sus acciones son explicables y porque son “víctimas” de una serie de circunstancias, en este caso adversas, que los han llevado a ser y hacer dichas atrocidades.
El origen del mal es tan científicamente y sociológicamente explicable como el origen de las especies.
Pero aquí se podría colar un debate que generaciones y generaciones llevan discutiendo y nunca han llegado a una conclusión común; ¿Es posible la reinserción en la sociedad de todas aquellas personas que han ingresado en prisión por haber cometido un delito?.
Creo que es imposible crear una fórmula mágica que transforme, cambie, moldee y adapte a esas personas que ingresan en prisión para que sean “mejores personas” y mucho menos con las condiciones en las que se encuentran los presos y lo difícil que es volver a entrar en la vorágine del mundo en el que vivimos diariamente, que en muchas ocasiones es más peligroso que esas cárceles.
En conclusión, para mí el cambio solo puede ser concebido como evolución, desarrollo o superación de uno mismo. El cambio, en el sentido que se le quiere dar hoy en día, es inviable y en algunos casos inmoral. Nunca se debe intentar cambiar la esencia de una persona, pues puede traer consecuencias irreparables.
viernes, 22 de octubre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
CRECIENDO
¿Qué hora es? Hace tan solo dos horas que me acosté y tengo dentro de mí la sensación de haber estado una eternidad durmiendo…o al menos intentándolo, porque no hay manera de que consiga conciliar el sueño si en mi cabeza aparecen infinidad de imágenes tuyas que se unen a las sensaciones que me produjeron en ese mismo momento y que me mantienen en vilo a la espera de que la noche se despida de mi y el día me salude una vez más…pero ¿Qué digo? No, definitivamente no puedo considerar que el día que voy a vivir mañana entre dentro de eso que llamamos: rutina, día a día; donde no sucede nada importante, donde realizamos las mismas cosas que realizábamos la semana pasada y la otra, donde nos encontramos con la misma gente, donde escuchamos las mismas voces…El día de mañana está muy alejado de todo lo que acabo de describir anteriormente. Mañana voy a encontrarme con la persona más importante de mi vida, llevo toda la semana esperando volver a verla y tenerla entre mis brazos. A cada día que pasaba en la semana más lenta y pesada se me hacía la espera y el paso del tiempo.
Ahora estoy aquí, en mi cama, esperando que se acabe la última de las noches que he tenido que esperar para verla. No puedo dormir y a cada momento abro los ojos para comprobar el reloj y asegurarme de que el tiempo corre y que me quedan menos horas para encontrarme con ella.
Pero el tic-tac del reloj suena diferente, el tiempo quiere seguir haciéndome sufrir, me pregunto si todo esto formará parte de una serie de pruebas a las que me pone el destino para saber si realmente la merezco.
Creo que me volveré loco si no consigo dormir algo esta noche, pero es que la ansiedad que tengo es inmensa, todo deja de tener importancia, salvo el momento en que estaremos juntos. Pero entonces llega el día, estoy feliz, sí, muy feliz. Aunque todavía tengo que esperar unas cuantas horas por lo que vuelvo a entrar en desesperación, pero me engaño a mi mismo haciendo esto y aquello con la intención de distraerme lo suficiente para que pasen las agonizantes horas que me separan de ella.
Llega el momento de ir a su encuentro y camino a paso tranquilo pero decidido. Sé que tengo el tiempo suficiente, e incluso me sobra, para llegar puntual a nuestra cita. Por el camino comienzo a cantar, no sé ni por qué ni cómo, pero algo dentro de mí sintió la necesidad de cantarle a la vida para agradecerle que tuviera el privilegio de tenerla a ella en mi vida.
Ya solo faltan minutos para que aparezca de entre la multitud de personas que se suceden delante de mí, en un tránsito que no es consciente de todo lo que significa para mí ese momento, pues para ellos ese momento forma parte de aquello que antes llamé rutina.
Ahí está, la miro y se borran de mi mente todos los recuerdos de la espera, de los momentos de angustia, de ansiedad, de insomnio solo cabe en mi mente la idea de ir a por ella de tenerla entre mis brazos y darle todo el amor que no he podido darle durante toda la semana que llevo esperando encontrarme con ella. Todos los sentimientos acumulados durante días, cargados de instantes en los que mi único consuelo se desliza de mi boca en forma de suspiro de saber que pese a todo nada va a poder separarnos y que me espera toda una vida junto a la persona que ahora beso.
Mi cuerpo se llena de una energía que no consigo describir, solo sentir; que me llena de la cabeza a los pies haciéndome perder totalmente la consciencia de la existencia. Pues la existencia para mi es en esos momentos las horas que voy a pasar con el amor de mi vida, todo carecería de existencia si ella no estuviera ahora mismo frente a mi sonriéndome.
Espero que lo sepa, no pretendo que vea todo el amor que le profeso, porque es prácticamente imposible, pero si espero que al menos pueda sentir la misma energía que se produce entre nosotros dos cuando estamos juntos y que nos une mediante vínculos invisibles.
No sé si es magia o si por el contrario puede explicarse científicamente pero lo que puedo asegurar es que es real, es tan real como que estoy tocando su piel con mis manos.
Caminamos de la mano por toda la ciudad, no nos diferenciamos tanto de los niños que dan la mano a sus madres por miedo a perderse, por miedo a desaparecer en ese peligroso, a sus ojos, cúmulo de personas, coches, ruidos, olores y grandes edificios que parecen querer comerse a las personas.
De vez en cuando acude a mi mente un pensamiento que me hace reflexionar, y es el hecho de que me empeño en actuar como si nos viéramos todos los días, como si ese momento que estábamos compartiendo el uno con el otro juntos formara parte de nuestra rutina, de nuestro día a día. Como si quisiera simular lo que sería un día normal, en nuestra futura vida juntos.
Otras veces pienso que estoy desaprovechando el tiempo y me detengo en medio de la calle para besarla o abrazarla. Pero… ¿Y el tiempo? ¿Qué ha pasado con él desde que nos vimos? El tiempo fue desterrado por la fuerza de nuestros sentimientos pero aun así librando una batalla contra nosotros haciéndolo pasar de forma rápida y vertiginosa.
Siempre estoy soñando, sino es con una cosa es con otra; en esos momentos en que estoy con ella el sueño que me ocupa mayor atención es el de vivir en un mundo en el que no deba preocuparme por el paso del tiempo, en el que no tenga que contar los días y las horas que me faltan para verla y en el que no tenga que controlar las horas y los minutos que me quedan para tener que despedirme de ella.
La naturaleza egoísta y caprichosa del ser humano a veces me hace olvidar que debo valorar el hecho de tan solo poder tenerla frente a mí al menos una vez a la semana.
Pero estaré aquí, no he dejado de estarlo y siempre lo estaré hasta que exhale lo último que me queda de vida. Este camino no lo vamos a atravesar solos y hasta que lleguemos a nuestro objetivo no habrá pasado en vano, pues esto seguirá…CRECIENDO.
Ahora estoy aquí, en mi cama, esperando que se acabe la última de las noches que he tenido que esperar para verla. No puedo dormir y a cada momento abro los ojos para comprobar el reloj y asegurarme de que el tiempo corre y que me quedan menos horas para encontrarme con ella.
Pero el tic-tac del reloj suena diferente, el tiempo quiere seguir haciéndome sufrir, me pregunto si todo esto formará parte de una serie de pruebas a las que me pone el destino para saber si realmente la merezco.
Creo que me volveré loco si no consigo dormir algo esta noche, pero es que la ansiedad que tengo es inmensa, todo deja de tener importancia, salvo el momento en que estaremos juntos. Pero entonces llega el día, estoy feliz, sí, muy feliz. Aunque todavía tengo que esperar unas cuantas horas por lo que vuelvo a entrar en desesperación, pero me engaño a mi mismo haciendo esto y aquello con la intención de distraerme lo suficiente para que pasen las agonizantes horas que me separan de ella.
Llega el momento de ir a su encuentro y camino a paso tranquilo pero decidido. Sé que tengo el tiempo suficiente, e incluso me sobra, para llegar puntual a nuestra cita. Por el camino comienzo a cantar, no sé ni por qué ni cómo, pero algo dentro de mí sintió la necesidad de cantarle a la vida para agradecerle que tuviera el privilegio de tenerla a ella en mi vida.
Ya solo faltan minutos para que aparezca de entre la multitud de personas que se suceden delante de mí, en un tránsito que no es consciente de todo lo que significa para mí ese momento, pues para ellos ese momento forma parte de aquello que antes llamé rutina.
Ahí está, la miro y se borran de mi mente todos los recuerdos de la espera, de los momentos de angustia, de ansiedad, de insomnio solo cabe en mi mente la idea de ir a por ella de tenerla entre mis brazos y darle todo el amor que no he podido darle durante toda la semana que llevo esperando encontrarme con ella. Todos los sentimientos acumulados durante días, cargados de instantes en los que mi único consuelo se desliza de mi boca en forma de suspiro de saber que pese a todo nada va a poder separarnos y que me espera toda una vida junto a la persona que ahora beso.
Mi cuerpo se llena de una energía que no consigo describir, solo sentir; que me llena de la cabeza a los pies haciéndome perder totalmente la consciencia de la existencia. Pues la existencia para mi es en esos momentos las horas que voy a pasar con el amor de mi vida, todo carecería de existencia si ella no estuviera ahora mismo frente a mi sonriéndome.
Espero que lo sepa, no pretendo que vea todo el amor que le profeso, porque es prácticamente imposible, pero si espero que al menos pueda sentir la misma energía que se produce entre nosotros dos cuando estamos juntos y que nos une mediante vínculos invisibles.
No sé si es magia o si por el contrario puede explicarse científicamente pero lo que puedo asegurar es que es real, es tan real como que estoy tocando su piel con mis manos.
Caminamos de la mano por toda la ciudad, no nos diferenciamos tanto de los niños que dan la mano a sus madres por miedo a perderse, por miedo a desaparecer en ese peligroso, a sus ojos, cúmulo de personas, coches, ruidos, olores y grandes edificios que parecen querer comerse a las personas.
De vez en cuando acude a mi mente un pensamiento que me hace reflexionar, y es el hecho de que me empeño en actuar como si nos viéramos todos los días, como si ese momento que estábamos compartiendo el uno con el otro juntos formara parte de nuestra rutina, de nuestro día a día. Como si quisiera simular lo que sería un día normal, en nuestra futura vida juntos.
Otras veces pienso que estoy desaprovechando el tiempo y me detengo en medio de la calle para besarla o abrazarla. Pero… ¿Y el tiempo? ¿Qué ha pasado con él desde que nos vimos? El tiempo fue desterrado por la fuerza de nuestros sentimientos pero aun así librando una batalla contra nosotros haciéndolo pasar de forma rápida y vertiginosa.
Siempre estoy soñando, sino es con una cosa es con otra; en esos momentos en que estoy con ella el sueño que me ocupa mayor atención es el de vivir en un mundo en el que no deba preocuparme por el paso del tiempo, en el que no tenga que contar los días y las horas que me faltan para verla y en el que no tenga que controlar las horas y los minutos que me quedan para tener que despedirme de ella.
La naturaleza egoísta y caprichosa del ser humano a veces me hace olvidar que debo valorar el hecho de tan solo poder tenerla frente a mí al menos una vez a la semana.
Pero estaré aquí, no he dejado de estarlo y siempre lo estaré hasta que exhale lo último que me queda de vida. Este camino no lo vamos a atravesar solos y hasta que lleguemos a nuestro objetivo no habrá pasado en vano, pues esto seguirá…CRECIENDO.
sábado, 2 de octubre de 2010
Viviendo un sueño
Está comenzando el otoño, lo puedo notar. Corre una brisa refrescante que renueva el ambiente y ayer oscureció más pronto de lo normal…Claro, hasta hace poco estábamos en verano y los días parecían infinitos.
Recuerdo que cuando era muy joven, por esta época del año solía ponerme muy triste, porque no hacía otra cosa que pensar en la fugacidad del tiempo y en lo poco que, a mi parecer, estaba aprovechando mi vida. Sentía una impotencia que conseguía desmoronarme, al ser consciente de que no tenía nada por lo que sentirme satisfecho cuando llegaba el momento de decirle adiós a un día más.
Pronto eso cambió. Había aparecido en mi vida alguien que desde un primer momento consiguió sorprenderme sobremanera y además captó toda mi atención. No mucho después ya comenzaba a sentirme de alguna manera unido a esa persona y tampoco tardé mucho en intuir que iba a estar presente durante mucho tiempo en mi vida.
El tiempo pasó, algunos otoños se sucedieron hasta el momento en que apareció delante de mí el amor de mi vida. Y si, sigo hablando de la misma persona, la misma persona que me hizo descubrir los sentimientos más puros que hasta entonces había tenido. Pero el tiempo seguía pasando, aunque ahora de una forma diferente, ya que ella aparecía en cada otoño, en cada verano, en cada primavera y en cada invierno de mi vida. Ya no caminaba solo, nunca más caminamos ninguno de los dos solos; y diez años después de encontrarme con esa piedra preciosa que esperaba ser pulida, aquí estoy yo, frente a una gran ventana en el salón de mi casa viendo caer el sol en esta tarde de octubre mientras recuerdo todos y cada uno de los momentos que acuden a mi mente de los años, meses días e incluso instantes que he pasado con la persona más importante de mi vida.
He de confesarles que para mi satisfacción, después de todos los años que han pasado desde el primer momento en que la vi, soy capaz de seguir recibiendo al otoño con una sonrisa dibujada en mi cara, y con un brillo en mis ojos que consigue burlar la oscuridad que precede.
Iba a empezar a trabajar en un artículo que debo presentar la próxima semana cuando me acordé de que fue a ella a la primera persona que escribí cuando yo aún estaba empezando a hacerlo y recordé una promesa que le hice, la promesa de que siempre le escribiría. No sé si ella era consciente entonces de lo que significó para mí que dijera eso, pues yo supe en ese momento que ella realmente quería estar conmigo para siempre.
Ella está al llegar...Es preciosa, me da la sensación de que cada día más. Siempre vi el talento en ella y siempre procuré recordárselo. Estos días llega tarde de los ensayos, trabaja muy duro, pero cuando llega veo en sus ojos la felicidad que lleva por dentro de estar haciendo aquello con lo que siempre soñó.
Lo que más me gusta de nosotros es que siempre aprovechamos el tiempo que no tenemos que dedicar al día a día y a nuestros trabajos para ir cumpliendo poco a poco nuestra gran lista de sueños… o debería decir…planes, porque hasta ahora hemos ido cumpliendo cada uno de ellos.
Lo que más nos ilusiona son los viajes, todos los años dedicamos unas semanas a ir a alguna parte del mundo, en la que esperamos encontrar nuevas experiencias, conocimientos, aventuras y por supuesto poder sentirnos libres y hacer lo que mejor se nos da, hacer realidad los sueños.
Recuerdo que cuando era muy joven, por esta época del año solía ponerme muy triste, porque no hacía otra cosa que pensar en la fugacidad del tiempo y en lo poco que, a mi parecer, estaba aprovechando mi vida. Sentía una impotencia que conseguía desmoronarme, al ser consciente de que no tenía nada por lo que sentirme satisfecho cuando llegaba el momento de decirle adiós a un día más.
Pronto eso cambió. Había aparecido en mi vida alguien que desde un primer momento consiguió sorprenderme sobremanera y además captó toda mi atención. No mucho después ya comenzaba a sentirme de alguna manera unido a esa persona y tampoco tardé mucho en intuir que iba a estar presente durante mucho tiempo en mi vida.
El tiempo pasó, algunos otoños se sucedieron hasta el momento en que apareció delante de mí el amor de mi vida. Y si, sigo hablando de la misma persona, la misma persona que me hizo descubrir los sentimientos más puros que hasta entonces había tenido. Pero el tiempo seguía pasando, aunque ahora de una forma diferente, ya que ella aparecía en cada otoño, en cada verano, en cada primavera y en cada invierno de mi vida. Ya no caminaba solo, nunca más caminamos ninguno de los dos solos; y diez años después de encontrarme con esa piedra preciosa que esperaba ser pulida, aquí estoy yo, frente a una gran ventana en el salón de mi casa viendo caer el sol en esta tarde de octubre mientras recuerdo todos y cada uno de los momentos que acuden a mi mente de los años, meses días e incluso instantes que he pasado con la persona más importante de mi vida.
He de confesarles que para mi satisfacción, después de todos los años que han pasado desde el primer momento en que la vi, soy capaz de seguir recibiendo al otoño con una sonrisa dibujada en mi cara, y con un brillo en mis ojos que consigue burlar la oscuridad que precede.
Iba a empezar a trabajar en un artículo que debo presentar la próxima semana cuando me acordé de que fue a ella a la primera persona que escribí cuando yo aún estaba empezando a hacerlo y recordé una promesa que le hice, la promesa de que siempre le escribiría. No sé si ella era consciente entonces de lo que significó para mí que dijera eso, pues yo supe en ese momento que ella realmente quería estar conmigo para siempre.
Ella está al llegar...Es preciosa, me da la sensación de que cada día más. Siempre vi el talento en ella y siempre procuré recordárselo. Estos días llega tarde de los ensayos, trabaja muy duro, pero cuando llega veo en sus ojos la felicidad que lleva por dentro de estar haciendo aquello con lo que siempre soñó.
Lo que más me gusta de nosotros es que siempre aprovechamos el tiempo que no tenemos que dedicar al día a día y a nuestros trabajos para ir cumpliendo poco a poco nuestra gran lista de sueños… o debería decir…planes, porque hasta ahora hemos ido cumpliendo cada uno de ellos.
Lo que más nos ilusiona son los viajes, todos los años dedicamos unas semanas a ir a alguna parte del mundo, en la que esperamos encontrar nuevas experiencias, conocimientos, aventuras y por supuesto poder sentirnos libres y hacer lo que mejor se nos da, hacer realidad los sueños.
jueves, 2 de septiembre de 2010
Los años de nuestra vida
Cumplir años es algo que a lo largo de nuestra vida va cambiando en la forma en que nosotros lo concebimos. Cuando somos muy pequeños a penas somos conscientes de lo que significa haber vivido un año más de nuestra vida, pero un poco más adelante, cuando se va configurando nuestra personalidad y tenemos uso de razón, empezamos a darle importancia al hecho de ser un año más grande. La visión es entusiasta y alegre, ya que los niños proyectan en cumplir años aquellos anhelos que persiguen a todo niño, de convertirse en un adulto y de poder ser como aquellos a los que admiran, que en la mayoría de los casos suelen ser sus padres.
Pero todo esto comienza a tomar un matiz diferente, aunque manteniendo la base de querer hacerse mayor, cuando el niño llega a la adolescencia. Es entonces cuando los jóvenes dejan de tomar como modelo a seguir a sus padres, presentándose una situación totalmente contraria, pues es entonces cuando comienzan a ver los errores que los padres han cometido y a darse cuenta de que forman parte de generaciones diferentes, produciéndose una confrontación que siempre ha sucedido en esta fase entre padres e hijos.
En esta etapa los jóvenes ansían cumplir años para llegar a conseguir la mayoría de edad y desligarse del control paternal. Para poder disfrutar de la libertad con la que tanto sueñan, y que demandan con más ahínco que nunca.
Pronto llega ese momento tan esperado y en la mayoría de los casos muchos ya han dado grandes pasos en conseguir su libertad y autosuficiencia, por lo que cuando cumplen la mayoría de edad no lo ven de la forma que antes cuando eran más pequeños. Han alcanzado un grado de madurez que va dándoles la capacidad de adaptarse al mundo que les espera tras el comienzo de una nueva etapa en la que tendrán que enfrentarse a muchos problemas solos, sin la figuras paternas. Presentes ahora de forma simbólica y ejerciendo un nuevo papel, el papel de un apoyo moral y de consejeros para cuando tropiecen o estén en un mar de confusión, al no encontrar su camino.
Los años siguientes suelen ser los mejores y los que más se disfrutan a lo largo de la vida, ya que se viven muchas experiencias nuevas que se grabarán para siempre en la memoria.
SE comienza a encontrar una estabilidad en la vida personal y poco a poco también en la profesional. Entonces, sin que te des cuenta ya has llegado a los treinta años, y empiezas a echar una vista atrás para analizar tu vida hasta entonces, y te empiezas a preocupar por tu futuro y a pensar en el hecho de que los años no te llevan a conseguir más libertades o a vivir nuevas experiencias, sino que te llevan a pensar en la vejez y en el “tempus fugit”.
Tienes entonces la necesidad de crear una familia y como suelen decir, “sentar la cabeza”. Aquí termina una fase de tu vida en la que destinabas todo tu tiempo en ti mismo para comenzar a vivir para: criar, educar y ver crecer a unos hijos que seguirán aquí cuando tu ya te hayas ido, recordándote y siendo producto de lo que fuiste y les enseñaste. DE forma que te conviertes de una manera u otra en inmortal.
Lo más gratificante y confortante es cuando llegas a la vejez junto a la persona que quieres, con la que has compartido gran parte de tu vida, viendo cómo te irás de este mundo habiendo creado vida y habiendo sido feliz con aquellos que a ti también te han dado vida.
Eso te invade de una tranquilidad que es indescriptible y que hace que puedas mirar a la muerte a los ojos y sonreírle.
Pero todo esto comienza a tomar un matiz diferente, aunque manteniendo la base de querer hacerse mayor, cuando el niño llega a la adolescencia. Es entonces cuando los jóvenes dejan de tomar como modelo a seguir a sus padres, presentándose una situación totalmente contraria, pues es entonces cuando comienzan a ver los errores que los padres han cometido y a darse cuenta de que forman parte de generaciones diferentes, produciéndose una confrontación que siempre ha sucedido en esta fase entre padres e hijos.
En esta etapa los jóvenes ansían cumplir años para llegar a conseguir la mayoría de edad y desligarse del control paternal. Para poder disfrutar de la libertad con la que tanto sueñan, y que demandan con más ahínco que nunca.
Pronto llega ese momento tan esperado y en la mayoría de los casos muchos ya han dado grandes pasos en conseguir su libertad y autosuficiencia, por lo que cuando cumplen la mayoría de edad no lo ven de la forma que antes cuando eran más pequeños. Han alcanzado un grado de madurez que va dándoles la capacidad de adaptarse al mundo que les espera tras el comienzo de una nueva etapa en la que tendrán que enfrentarse a muchos problemas solos, sin la figuras paternas. Presentes ahora de forma simbólica y ejerciendo un nuevo papel, el papel de un apoyo moral y de consejeros para cuando tropiecen o estén en un mar de confusión, al no encontrar su camino.
Los años siguientes suelen ser los mejores y los que más se disfrutan a lo largo de la vida, ya que se viven muchas experiencias nuevas que se grabarán para siempre en la memoria.
SE comienza a encontrar una estabilidad en la vida personal y poco a poco también en la profesional. Entonces, sin que te des cuenta ya has llegado a los treinta años, y empiezas a echar una vista atrás para analizar tu vida hasta entonces, y te empiezas a preocupar por tu futuro y a pensar en el hecho de que los años no te llevan a conseguir más libertades o a vivir nuevas experiencias, sino que te llevan a pensar en la vejez y en el “tempus fugit”.
Tienes entonces la necesidad de crear una familia y como suelen decir, “sentar la cabeza”. Aquí termina una fase de tu vida en la que destinabas todo tu tiempo en ti mismo para comenzar a vivir para: criar, educar y ver crecer a unos hijos que seguirán aquí cuando tu ya te hayas ido, recordándote y siendo producto de lo que fuiste y les enseñaste. DE forma que te conviertes de una manera u otra en inmortal.
Lo más gratificante y confortante es cuando llegas a la vejez junto a la persona que quieres, con la que has compartido gran parte de tu vida, viendo cómo te irás de este mundo habiendo creado vida y habiendo sido feliz con aquellos que a ti también te han dado vida.
Eso te invade de una tranquilidad que es indescriptible y que hace que puedas mirar a la muerte a los ojos y sonreírle.
Las piezas de un puzle
Parece haber pasado mucho tiempo desde aquellas conversaciones que teníamos antes de conocernos en persona, en las que podíamos estar hasta entrado el amanecer hablando de las muchísimas cosas que íbamos a hacer cuando viviéramos juntos.
En aquellos tiempos montábamos pieza a pieza el gran puzle que conformaba nuestra futura vida juntos. Desde las cosas más simples y ordinarias como la repartición de tareas dentro de la casa hasta cuál sería el nombre de los hijos que íbamos a tener.
Cualquiera que tuviera constancia de esa usual práctica en nosotros, de soñar con nuestra idílica vida futura, pensaría que eran cosas de la edad, y que era muy normal que nos dejáramos llevar por la imaginación pero que no tenía ninguna importancia y que era muy posible que nunca se llegaran a hacer realidad ninguno de los sueños que en nuestras largas noches construíamos juntos, mientras en nuestros rostros se iba dibujando una sonrisa que venía sin previo aviso y sin intención de irse.
Pero hace tiempo, cuando todavía no me había atrevido a confesarle lo que ella significaba para mí, le prometí que algún día la llevaría a un concierto. Las personas que puedan leer esto no le darán la importancia que tanto para mí como para ella supone el hecho de compartir algo tan especial para nosotros como es la música.
Y ¿por qué la música? Porque fue la música la que nos unió cuando no éramos más que dos jóvenes desconocidos que decidieron mantener una conversación y descubrieron a medida que se desarrollaba la misma que compartían muchas cosas en común y que compenetraban de una forma especial.
Pues ha llegado el momento en que haga cumplir una de mis tantas promesas que fui haciéndole en todo este tiempo a la persona que ha conseguido llegar a mi corazón de una forma sin igual. Que pese a muchas circunstancias negativas y vicisitudes que se han sucedido a lo largo de estos años no ha dejado de estar en mi mente día tras día y que siempre ha existido un sentimiento ya sea ardiente o apagado, en mi corazón reservado para ella.
Ella no sabía nada de mi idea de llevarla a un concierto, pero en cuanto le he enseñado las entradas ha levantado la mirada para encontrarse con mis ojos y me ha sonreído. Me ha sonreído, con una sonrisa suave y serena pero segura a la vez que satisfecha. Esa mirada me recuerda que he conseguido hacerla feliz después de todo, y no sé si soy más feliz por compartir junto a ella tantos momentos o por ver qué puedo hacerla feliz.
Es la primera vez que vamos a un concierto y estamos los dos muy ilusionados. Sabemos que aunque sea una cosa que pueda parecer de poca importancia, para nosotros simboliza el principio de una historia en la que daremos los primeros pasos hacia un futuro que nos deparará muchas más experiencias, capaces de unirnos cada vez más.
Los dos tenemos muchos sueños por cumplir y muchas metas que alcanzar y para ello debemos trabajar muy duro y nunca rendirnos. Pero para eso nos tenemos el uno al otro, para no dejar que ninguno de los dos se rinda y para que podamos ser felices juntos habiendo conseguido lo que nos proponíamos.
Las promesas que le he hecho y que iré cumpliendo, a medida que pase el tiempo y tenga capacidad para hacerlo, serán las piezas del puzle que harán posible que nuestros sueños invadan la realidad.
Hasta entonces los dos disfrutaremos de experiencias juntos, como este concierto para que en un futuro podamos contarle a nuestros nietos como empezó todo de una forma mágica y especial. No porque así lo contaremos, sino porque así lo viviremos.
En aquellos tiempos montábamos pieza a pieza el gran puzle que conformaba nuestra futura vida juntos. Desde las cosas más simples y ordinarias como la repartición de tareas dentro de la casa hasta cuál sería el nombre de los hijos que íbamos a tener.
Cualquiera que tuviera constancia de esa usual práctica en nosotros, de soñar con nuestra idílica vida futura, pensaría que eran cosas de la edad, y que era muy normal que nos dejáramos llevar por la imaginación pero que no tenía ninguna importancia y que era muy posible que nunca se llegaran a hacer realidad ninguno de los sueños que en nuestras largas noches construíamos juntos, mientras en nuestros rostros se iba dibujando una sonrisa que venía sin previo aviso y sin intención de irse.
Pero hace tiempo, cuando todavía no me había atrevido a confesarle lo que ella significaba para mí, le prometí que algún día la llevaría a un concierto. Las personas que puedan leer esto no le darán la importancia que tanto para mí como para ella supone el hecho de compartir algo tan especial para nosotros como es la música.
Y ¿por qué la música? Porque fue la música la que nos unió cuando no éramos más que dos jóvenes desconocidos que decidieron mantener una conversación y descubrieron a medida que se desarrollaba la misma que compartían muchas cosas en común y que compenetraban de una forma especial.
Pues ha llegado el momento en que haga cumplir una de mis tantas promesas que fui haciéndole en todo este tiempo a la persona que ha conseguido llegar a mi corazón de una forma sin igual. Que pese a muchas circunstancias negativas y vicisitudes que se han sucedido a lo largo de estos años no ha dejado de estar en mi mente día tras día y que siempre ha existido un sentimiento ya sea ardiente o apagado, en mi corazón reservado para ella.
Ella no sabía nada de mi idea de llevarla a un concierto, pero en cuanto le he enseñado las entradas ha levantado la mirada para encontrarse con mis ojos y me ha sonreído. Me ha sonreído, con una sonrisa suave y serena pero segura a la vez que satisfecha. Esa mirada me recuerda que he conseguido hacerla feliz después de todo, y no sé si soy más feliz por compartir junto a ella tantos momentos o por ver qué puedo hacerla feliz.
Es la primera vez que vamos a un concierto y estamos los dos muy ilusionados. Sabemos que aunque sea una cosa que pueda parecer de poca importancia, para nosotros simboliza el principio de una historia en la que daremos los primeros pasos hacia un futuro que nos deparará muchas más experiencias, capaces de unirnos cada vez más.
Los dos tenemos muchos sueños por cumplir y muchas metas que alcanzar y para ello debemos trabajar muy duro y nunca rendirnos. Pero para eso nos tenemos el uno al otro, para no dejar que ninguno de los dos se rinda y para que podamos ser felices juntos habiendo conseguido lo que nos proponíamos.
Las promesas que le he hecho y que iré cumpliendo, a medida que pase el tiempo y tenga capacidad para hacerlo, serán las piezas del puzle que harán posible que nuestros sueños invadan la realidad.
Hasta entonces los dos disfrutaremos de experiencias juntos, como este concierto para que en un futuro podamos contarle a nuestros nietos como empezó todo de una forma mágica y especial. No porque así lo contaremos, sino porque así lo viviremos.
lunes, 30 de agosto de 2010
La historia de nuestros padres
Si me parara a pensar las horas que ha invertido mi madre para tratar de contarme la historia de su vida desde que conoció a mi padre hasta que tomaron la decisión de comenzar una vida juntos y crear una familia descubriría que son más de las que parecen, y aunque de la sensación de que siempre nuestros padres nos cuentan lo mismo no es nunca la misma historia la que te cuentan cuando tienes 10 años a cuando tienes 17. Podemos atribuirlo a que se les escaparan detalles o a que tergiversaran la realidad, como suele pasar cuando cuentas algo que te ha sucedido tiempo atrás. Se adapta a la realidad del momento, es como si reviviéramos un suceso y tuviéramos la capacidad de cambiar algunos matices que hacen que la historia sea más emocionante, a la vez que le da cierto carácter mágico e intrigante que para un niño curioso y ávido por conocer la historia de su familia como yo se convierte en algo muy atrayente.
No recuerdo la primera vez que alguno de mis padres decidió contarme algo de su historia, solo puedo recordarlas; algunas que me han repetido más de una vez, otras que han sido perfiladas a lo largo de los años y otras que fueron contadas en un momento dado y que pocas veces tengo la oportunidad de que me las recuerden.
Pero lo que si se es que en mi vida he prestado mucha atención a las vivencias que me iban narrando y en mi imaginación los intentaba situar en el contexto y eso hacía que mi apego hacia ellos creciera y me interesara por seguir conociendo más y más, por lo que los alentaba para que prosiguieran y añadieran los mayores datos posibles. He llegado incluso a estar horas escuchando a mi madre contarme estas historias, pero aunque las hubiera escuchado antes, algo dentro de mi me decía que no podía pararla, tenía que dejarla seguir, porque tarde o temprano llegaría ese momento tan esperado para mí. El momento en que de sus labios surgieran: nuevos datos, nuevas personas, sucesos, aclaraciones. Todo nuevo para mí se convertía en algo sustancial, como quien está formando un puzle y está totalmente concentrado buscando una pieza que encaje en lo que ya está formado y siga completándolo de esa manera: poquito a poco, con cosas que a simple vista pueden parecer insignificantes pero que tras la mirada del protagonista se convierte en un descubrimiento asombroso.
Desconozco la razón exacta por la que me llama tanto la atención la historia de mi familia, pero cada vez que me cuentan algo nuevo mi mente recrea todas y cada una de las escenas convirtiéndome yo en un espectador del pasado de aquellos que son importantes para mí.
Yo tengo clara una cosa, y es que me es totalmente necesario conocer cada uno de los detalles del pasado de mi familia para poder entender su forma de ser, de pensar, de actuar… Nunca le damos la suficiente importancia en nuestra vida a aquello que dejamos atrás cuando pasamos una página en el gran libro de nuestra vida.
Debemos girar la vista atrás de vez en cuando y; reflexionar sobre aquello que nos hizo fallar para no volver a cometer el mismo error, añorar aquello que tuvimos y no hemos vuelto a tener, sonreír al pensar en los buenos momentos que compartimos con los que queremos y sobretodo hacerle frente a todo lo que en su momento nos provoco sentimientos de tristeza, de ira, de frustración o de impotencia para que de esta forma ahuyentemos los fantasmas del pasado que muchas veces se convierten en pesadas cargas que nos impiden avanzar en el camino y sin saberlo, no nos dejan ser libres.
No recuerdo la primera vez que alguno de mis padres decidió contarme algo de su historia, solo puedo recordarlas; algunas que me han repetido más de una vez, otras que han sido perfiladas a lo largo de los años y otras que fueron contadas en un momento dado y que pocas veces tengo la oportunidad de que me las recuerden.
Pero lo que si se es que en mi vida he prestado mucha atención a las vivencias que me iban narrando y en mi imaginación los intentaba situar en el contexto y eso hacía que mi apego hacia ellos creciera y me interesara por seguir conociendo más y más, por lo que los alentaba para que prosiguieran y añadieran los mayores datos posibles. He llegado incluso a estar horas escuchando a mi madre contarme estas historias, pero aunque las hubiera escuchado antes, algo dentro de mi me decía que no podía pararla, tenía que dejarla seguir, porque tarde o temprano llegaría ese momento tan esperado para mí. El momento en que de sus labios surgieran: nuevos datos, nuevas personas, sucesos, aclaraciones. Todo nuevo para mí se convertía en algo sustancial, como quien está formando un puzle y está totalmente concentrado buscando una pieza que encaje en lo que ya está formado y siga completándolo de esa manera: poquito a poco, con cosas que a simple vista pueden parecer insignificantes pero que tras la mirada del protagonista se convierte en un descubrimiento asombroso.
Desconozco la razón exacta por la que me llama tanto la atención la historia de mi familia, pero cada vez que me cuentan algo nuevo mi mente recrea todas y cada una de las escenas convirtiéndome yo en un espectador del pasado de aquellos que son importantes para mí.
Yo tengo clara una cosa, y es que me es totalmente necesario conocer cada uno de los detalles del pasado de mi familia para poder entender su forma de ser, de pensar, de actuar… Nunca le damos la suficiente importancia en nuestra vida a aquello que dejamos atrás cuando pasamos una página en el gran libro de nuestra vida.
Debemos girar la vista atrás de vez en cuando y; reflexionar sobre aquello que nos hizo fallar para no volver a cometer el mismo error, añorar aquello que tuvimos y no hemos vuelto a tener, sonreír al pensar en los buenos momentos que compartimos con los que queremos y sobretodo hacerle frente a todo lo que en su momento nos provoco sentimientos de tristeza, de ira, de frustración o de impotencia para que de esta forma ahuyentemos los fantasmas del pasado que muchas veces se convierten en pesadas cargas que nos impiden avanzar en el camino y sin saberlo, no nos dejan ser libres.
jueves, 5 de agosto de 2010
Razón de ser
Un hombre vivía en una cabaña cerca del mar en plena costa del Mediterráneo, en la zona de provincias, Italia.
Era un hombre de edad avanzada, altura media, complexión fuerte y con una imagen despreocupada.
Vivía aislado de todo y de todos. Su mirada siempre estaba escondida, ya fuera por una gorra o unas gafas.
Era muy serio y callado, a todas luces se veía que escondía algo y que la razón de que estuviera en ese sitio tan alejado de la población daba a entender que quería pasar inadvertido y vivir una vida anónima.
Todos los días cogía una barca que había construido él hace tiempo para ir a pescar. Se sentía seguro en ese sitio, o al menos eso es lo que él pretendía creerse así mismo.
A simple vista se podría decir que ese hombre nunca fue nadie, nadie importante, nadie que pudiera llamar la atención entre la gente. Pero nada más alejado de la realidad, puesto que ese hombre años atrás había sido uno de los más ricos y famosos del país. Llegó a dirigir uno de los de bufetes de abogados más prestigiosos de Italia, llevando los casos de las personas más reconocidas de la alta sociedad que confiaban en su talento y su total dedicación a su labor.
Se codeaba con la alta sociedad y era invitado a las fiestas más selectas que realizaban personas del mundo del arte y la moda, además de políticos.
Tenía mucho dinero y su inteligencia hacía que sus beneficios se multiplicaran a través de inversiones y participaciones en empresas prestigiosas del país.
Por alguna extraña razón un día decidió que ese camino que estaba llevando no era el que deseaba, ni con el que había estado soñando durante su vida, algo que le resultó muy fácil de asumir teniendo en cuenta que creía que todo lo que en ese momento poseía le iba a otorgar la felicidad. Pero a medida que paso el tiempo su alma fue la primera en advertirle de que las cosas iban mal y el único modo en que se comunica el alma es a través de la mirada.
Este hombre se llamaba Benoni, su alma le gritaba todos los días que se estaba destruyendo, estaba acabando su tiempo y no había encontrado una razón de vivir. Cuando se dio cuenta no pudo aguantar más la frustración y decidió desligarse de todo lo que lo relacionaba con la vida anterior. Lo dejó todo para irse a vivir a una vieja casa que había heredado hace mucho tiempo de su padre.
Se dio cuenta de que al no haber encontrado el sentido a su vida era mejor reconciliarse con su alma, y eso solo se lo podía dar la paz y la tranquilidad que se consigue cuando uno se encuentra a sí mismo.
El vio la manera de hacerlo en esa cabaña, aunque la soledad y el silencio le ayudaban a pensar, a reflexionar y a tener la impresión de que el tiempo se detenía, cada mañana cuando se miraba al espejo se encontraba con su mirada, las puertas de su alma, y su alma le decía que aun faltaba algo por hacer…
Pero fue un día en que Benoni estaba solo en su barca cuando se dio cuenta de qué es lo que no había encontrado, qué es lo que le faltaba. Y lo que habría hecho que su existencia no tuviera valor era el amor.
Benoni se dio cuenta de que había perdido muchos años de su vida esforzándose en conseguir llegar a lo más alto y triunfar en la vida, pero para ello tuvo que alejarse de todas aquellas distracciones de la vida que pudieran perjudicar su ascenso a lo más alto.
Benoni olvidó lo que era el altruismo, no sabía lo que era hacer algo por alguien sin razón aparente. No podía permitirse noches sin dormir pensando en una persona, en su mirada, en sus gestos, en su sonrisa, en sus manos, en su pelo, en el tacto de su piel, en su manera de reír, de llorar. No podía permitirse el tener que sacrificarlo todo por eso que llaman amor y que el consideraba un obstáculo que no podía permitirse.
Lo que Benoni no supo hasta esa mañana en que pensó en el amor en su barca es que todo lo que había conseguido en su vida no le servía para nada si no tenía a alguien con quien compartir ese sentimiento de felicidad y de orgullo, de satisfacción por el éxito.
Ese sentimiento que cuando se comparte con la persona que amas se multiplica, porque el triunfo no ha sido el conseguir todo lo que te proponías en la vida, sino el conseguir que alguien sea testigo de tus logros y los tome como suyos propios, dándole felicidad a la otra persona y sobre todo el que alguien te recuerde cuando tu ya no estés, no por lo que llegaste a conseguir, sino por los sentimientos que creaste con otra persona.
Era un hombre de edad avanzada, altura media, complexión fuerte y con una imagen despreocupada.
Vivía aislado de todo y de todos. Su mirada siempre estaba escondida, ya fuera por una gorra o unas gafas.
Era muy serio y callado, a todas luces se veía que escondía algo y que la razón de que estuviera en ese sitio tan alejado de la población daba a entender que quería pasar inadvertido y vivir una vida anónima.
Todos los días cogía una barca que había construido él hace tiempo para ir a pescar. Se sentía seguro en ese sitio, o al menos eso es lo que él pretendía creerse así mismo.
A simple vista se podría decir que ese hombre nunca fue nadie, nadie importante, nadie que pudiera llamar la atención entre la gente. Pero nada más alejado de la realidad, puesto que ese hombre años atrás había sido uno de los más ricos y famosos del país. Llegó a dirigir uno de los de bufetes de abogados más prestigiosos de Italia, llevando los casos de las personas más reconocidas de la alta sociedad que confiaban en su talento y su total dedicación a su labor.
Se codeaba con la alta sociedad y era invitado a las fiestas más selectas que realizaban personas del mundo del arte y la moda, además de políticos.
Tenía mucho dinero y su inteligencia hacía que sus beneficios se multiplicaran a través de inversiones y participaciones en empresas prestigiosas del país.
Por alguna extraña razón un día decidió que ese camino que estaba llevando no era el que deseaba, ni con el que había estado soñando durante su vida, algo que le resultó muy fácil de asumir teniendo en cuenta que creía que todo lo que en ese momento poseía le iba a otorgar la felicidad. Pero a medida que paso el tiempo su alma fue la primera en advertirle de que las cosas iban mal y el único modo en que se comunica el alma es a través de la mirada.
Este hombre se llamaba Benoni, su alma le gritaba todos los días que se estaba destruyendo, estaba acabando su tiempo y no había encontrado una razón de vivir. Cuando se dio cuenta no pudo aguantar más la frustración y decidió desligarse de todo lo que lo relacionaba con la vida anterior. Lo dejó todo para irse a vivir a una vieja casa que había heredado hace mucho tiempo de su padre.
Se dio cuenta de que al no haber encontrado el sentido a su vida era mejor reconciliarse con su alma, y eso solo se lo podía dar la paz y la tranquilidad que se consigue cuando uno se encuentra a sí mismo.
El vio la manera de hacerlo en esa cabaña, aunque la soledad y el silencio le ayudaban a pensar, a reflexionar y a tener la impresión de que el tiempo se detenía, cada mañana cuando se miraba al espejo se encontraba con su mirada, las puertas de su alma, y su alma le decía que aun faltaba algo por hacer…
Pero fue un día en que Benoni estaba solo en su barca cuando se dio cuenta de qué es lo que no había encontrado, qué es lo que le faltaba. Y lo que habría hecho que su existencia no tuviera valor era el amor.
Benoni se dio cuenta de que había perdido muchos años de su vida esforzándose en conseguir llegar a lo más alto y triunfar en la vida, pero para ello tuvo que alejarse de todas aquellas distracciones de la vida que pudieran perjudicar su ascenso a lo más alto.
Benoni olvidó lo que era el altruismo, no sabía lo que era hacer algo por alguien sin razón aparente. No podía permitirse noches sin dormir pensando en una persona, en su mirada, en sus gestos, en su sonrisa, en sus manos, en su pelo, en el tacto de su piel, en su manera de reír, de llorar. No podía permitirse el tener que sacrificarlo todo por eso que llaman amor y que el consideraba un obstáculo que no podía permitirse.
Lo que Benoni no supo hasta esa mañana en que pensó en el amor en su barca es que todo lo que había conseguido en su vida no le servía para nada si no tenía a alguien con quien compartir ese sentimiento de felicidad y de orgullo, de satisfacción por el éxito.
Ese sentimiento que cuando se comparte con la persona que amas se multiplica, porque el triunfo no ha sido el conseguir todo lo que te proponías en la vida, sino el conseguir que alguien sea testigo de tus logros y los tome como suyos propios, dándole felicidad a la otra persona y sobre todo el que alguien te recuerde cuando tu ya no estés, no por lo que llegaste a conseguir, sino por los sentimientos que creaste con otra persona.
miércoles, 4 de agosto de 2010
El reloj de arena
El tiempo es mucho más pesado cuando te embarga un sentimiento de nostalgia al esperar la llegada de ese momento mágico en el que dos personas que están enamoradas se encuentran tras mucho tiempo; sin escuchar su voz, sin sentir su respiración hacerse profunda hasta llegar a convertirse en un suspiro exhalado por el amante que no encuentra otra manera de expresar lo que significa tener cerca a quien consigue cortarle la respiración solo con mirarle.
De alguna forma es siempre esa eterna espera la que hace que los sentimientos se afiancen en los corazones de los amantes y los haga más fuertes y reales.
Es una fase por la que han pasado todas las parejas a lo largo de la historia y algo que es imposible de burlar, esquivar o evitar. La espera siempre va a estar presente en la analogía del amor ya que es lo que verdaderamente hace que las personas apreciemos o valoremos aquello que no tenemos o que nos cuesta conseguir ya que aquello que se nos otorga sin que se nos presente ninguna dificultad o sin que nos ponga a prueba de alguna forma, acaba convirtiéndose en algo que se nos antoja indiferente, poco valioso…por lo que acabamos perdiendo todo el interés y la pasión que nace en el momento en que dos personas descubren que sus sentimientos son recíprocos y correspondidos.
El tiempo solo puede ser vencido si estamos dotados de la fuerza de voluntad necesaria para sopesarla pese a la dura prueba que supone para el alma. Además los sentimientos tienen que ser puros y reales, y no estar contaminados por interés, egoísmo o hipocresía.
El problema de la sociedad actual es que se ha vuelto cada vez más interesada, egoísta e hipócrita.
Los sentimientos han quedado relegados a un segundo plano, además de la dignidad y el pensamiento de llevar una vida seria y correcta, que se ha sustituido por la búsqueda a cualquier coste del disfrute del momento. El tan proclamado lema, desenterrado de la antigua Roma, Carpe Diem.
El citado Carpe Diem se ha traducido en una carrera por conseguir todos los caprichos que la vida pueda otorgarte sin tener en cuenta al resto del mundo y sólo utilizándolos para su propio beneficio. De este modo el altruismo y la generosidad no son más que meras palabras que se han quedado en los sueños del frustrado idealista.
El ser humano necesita poner a prueba a su corazón exponiéndolo al dolor, el sufrimiento, la desolación y la espera.
Esta es la única manera que tiene una persona de comprobar si es capaz de, como se suele decir, hacer lo que sea por amor.
Cuando el silencio se apodera de todo a tu alrededor y no hay nada que consiga distraerte y que evite que tu mente divague y puedas escuchar claramente a tu alma susurrarte lo que normalmente es difícil que puedas escuchar. En momentos como éste estás sólo contigo mismo, y si eres valiente puedes enfrentar algunas cuestiones que se te plantean sobre ti mismo y sobre tu vida.
Pero si en la soledad y el silencio tú sientes que realmente no estás solo en este mundo, quiere decir que no hay ninguna duda de que alguien ocupa tu corazón y de que hay alguien esperando por ti en otro lugar. Por lo que además de compartir sentimientos, los seres humanos podemos compartir sensaciones pese a la distancia, y eso nos confiere la capacidad de tener una experiencia mágica e indescriptible que suele desembocar en el comienzo de un nuevo camino en el gran viaje de la vida.
Un camino que comenzará cuando las personas que esperan el encuentro, lleguen finalmente a ver los frutos de la paciencia y la voluntad inherente en el ser humano.
De alguna forma es siempre esa eterna espera la que hace que los sentimientos se afiancen en los corazones de los amantes y los haga más fuertes y reales.
Es una fase por la que han pasado todas las parejas a lo largo de la historia y algo que es imposible de burlar, esquivar o evitar. La espera siempre va a estar presente en la analogía del amor ya que es lo que verdaderamente hace que las personas apreciemos o valoremos aquello que no tenemos o que nos cuesta conseguir ya que aquello que se nos otorga sin que se nos presente ninguna dificultad o sin que nos ponga a prueba de alguna forma, acaba convirtiéndose en algo que se nos antoja indiferente, poco valioso…por lo que acabamos perdiendo todo el interés y la pasión que nace en el momento en que dos personas descubren que sus sentimientos son recíprocos y correspondidos.
El tiempo solo puede ser vencido si estamos dotados de la fuerza de voluntad necesaria para sopesarla pese a la dura prueba que supone para el alma. Además los sentimientos tienen que ser puros y reales, y no estar contaminados por interés, egoísmo o hipocresía.
El problema de la sociedad actual es que se ha vuelto cada vez más interesada, egoísta e hipócrita.
Los sentimientos han quedado relegados a un segundo plano, además de la dignidad y el pensamiento de llevar una vida seria y correcta, que se ha sustituido por la búsqueda a cualquier coste del disfrute del momento. El tan proclamado lema, desenterrado de la antigua Roma, Carpe Diem.
El citado Carpe Diem se ha traducido en una carrera por conseguir todos los caprichos que la vida pueda otorgarte sin tener en cuenta al resto del mundo y sólo utilizándolos para su propio beneficio. De este modo el altruismo y la generosidad no son más que meras palabras que se han quedado en los sueños del frustrado idealista.
El ser humano necesita poner a prueba a su corazón exponiéndolo al dolor, el sufrimiento, la desolación y la espera.
Esta es la única manera que tiene una persona de comprobar si es capaz de, como se suele decir, hacer lo que sea por amor.
Cuando el silencio se apodera de todo a tu alrededor y no hay nada que consiga distraerte y que evite que tu mente divague y puedas escuchar claramente a tu alma susurrarte lo que normalmente es difícil que puedas escuchar. En momentos como éste estás sólo contigo mismo, y si eres valiente puedes enfrentar algunas cuestiones que se te plantean sobre ti mismo y sobre tu vida.
Pero si en la soledad y el silencio tú sientes que realmente no estás solo en este mundo, quiere decir que no hay ninguna duda de que alguien ocupa tu corazón y de que hay alguien esperando por ti en otro lugar. Por lo que además de compartir sentimientos, los seres humanos podemos compartir sensaciones pese a la distancia, y eso nos confiere la capacidad de tener una experiencia mágica e indescriptible que suele desembocar en el comienzo de un nuevo camino en el gran viaje de la vida.
Un camino que comenzará cuando las personas que esperan el encuentro, lleguen finalmente a ver los frutos de la paciencia y la voluntad inherente en el ser humano.
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